¿Calientes o fríos?

Creando climas, la naturaleza es una aficionada comparada con los que generamos los humanos.

Somos constantes hacedores y receptores de climas. En nuestro cerebro, ahí donde radica el epicentro de nuestra vida, se gestan y captan brisas y huracanes, puestas de sol que reblandecen el alma, lluvias que hacen brotar verdes y tormentas que anegan ansias. Unos son el cálido envoltorio de la felicidad; otros, la fría desnudez de la desdicha.

La convivencia, ese permanente equilibrio sobre el cable de la vida, es andadura definitivamente condicionada por el clima que nos envuelve.

Cuando el tiempo es gélido y ventoso, la senda más bella se vuelve castigo. Sin embargo, cuando estallan veranos de alma, la ruta abrupta se puede convertir en un excelso festín de los sentidos.

Los climas personales se generan y degeneran por tres corrientes: el ADN familiar, la adrenalina de los sentimientos y la grasa de los intereses.

Provocar climas propios y entender los ajenos decide la meteorología de nuestros días. Nos guste o no, todos tenemos parte de responsabilidad en nuestras gloriosas primaveras y en nuestros desapacibles inviernos. Respecto a los que nos llegan de otros, desnudarnos ante el calor o cubrirnos frente al frío es sensata decisión. Y en caso de tormenta, mientras no amaina hay que cerrar ventanas, y cuando se vuelve crónica y si se puede, buscar otros climas.

Ángela Becerra

Otra columna de Ángela: Esa secreta doble vida

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3 comentarios en “¿Calientes o fríos?

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